En el extremo sur de la provincia Cardenal Caro, donde el paisaje del secano se mezcla con quebradas silenciosas y antiguos caminos rurales, se levanta San Pedro de Alcántara, uno de los pueblos con mayor valor histórico y espiritual del territorio. Su origen se remonta al siglo XVII, cuando los franciscanos —encabezados por fray Bernardo de Hormeño— llegaron en 1691 al sector conocido entonces como San Antonio de Quen-Quen con el propósito de construir un albergue para los religiosos que viajaban hacia el sur. Alrededor de esa primera misión, levantada gracias a la donación de tierras de Pedro González de Liébana y Francisca Muñoz de Gormaz, comenzó a formarse un pequeño caserío que con los años adoptaría el nombre del santo franciscano San Pedro de Alcántara.
Convento e iglesia se convirtieron rápidamente en el corazón del pueblo. A comienzos del siglo XVIII ya existía un templo de adobe y un conjunto de dependencias que albergaban a los frailes. Hacia 1825, la comunidad franciscana llegó a contar con más de cincuenta religiosos, siendo uno de los enclaves más activos del secano costero. Sin embargo, dos grandes desastres marcaron su historia: el desbordamiento del estero Las Garzas en 1900, que dañó gravemente el convento, y el terremoto de 1906, que derrumbó la iglesia. La reconstrucción comenzó en 1907 y concluyó en 1914, dando forma al templo de una sola nave, muros de adobe reforzados y su característico torreón de madera, que hoy constituye uno de los símbolos patrimoniales más valiosos de la comuna de Paredones.

A pesar de los daños causados por los terremotos de 1985 y 2010, la comunidad logró recuperar por completo la iglesia y el antiguo convento gracias a un amplio proyecto de restauración finalizado en 2011. El conjunto patrimonial incluye hoy espacios de acogida, un museo y estructuras reforzadas que preservan la identidad austera y profundamente rural del lugar. Tanto la iglesia como su entorno han sido reconocidos oficialmente: el templo fue declarado Monumento Histórico en 1972 y el poblado Zona Típica en 1974.
Cada 4 de octubre, San Pedro de Alcántara vuelve a cobrar vida a través de una de sus celebraciones más esperadas: la fiesta en honor a San Francisco, tradición que reúne a familias, peregrinos y comunidades rurales de Paredones y la provincia. La procesión, la misa, los cantos religiosos y la vida comunitaria se desarrollan entre la iglesia, las calles del pueblo y el histórico convento, creando un encuentro donde la fe, la cultura y la memoria se entrelazan. Es una jornada que refleja el espíritu de este antiguo asentamiento franciscano: profundo, sencillo, cargado de identidad y con un sentido de continuidad que ha logrado resistir siglos de cambios.
San Pedro de Alcántara no solo conserva una de las arquitecturas religiosas más antiguas del secano costero; también mantiene una manera de vivir marcada por la tradición, el silencio del campo y una profunda valoración de su patrimonio. Un rincón del Jardín del Pacífico donde el pasado sigue siendo presente, y donde cada octubre, con la celebración de San Francisco, la comunidad reafirma su historia y su arraigo.


