La comuna de La Estrella fue creada el 22 de diciembre de 1891, y su nombre —a diferencia del mito popular— no proviene de sus cinco caminos de acceso, sino de la devoción de los agustinos, quienes la bautizaron bajo referencias religiosas. Ubicada en pleno secano costero de Cardenal Caro, entre quebradas, cerros y campos ondulados, La Estrella se ha forjado como un territorio agrícola, aislado y de desarrollo lento, pero sostenido gracias al trabajo de generaciones dedicadas a la ganadería y a cultivos tradicionales.
Con cerca de cuatro mil habitantes, es una comuna marcada por su ruralidad. La mayor parte de su población vive dispersa en caseríos y sectores agrícolas, mientras el pequeño pueblo de La Estrella actúa como corazón comunal. La identidad campesina es profunda: aquí la vida gira en torno al campo, la familia y la religiosidad, expresada con fuerza en celebraciones como la Fiesta de San Nicolás de Tolentino o la Semana Estrellina, donde los oficios, la música y la tradición huasa se convierten en protagonistas.

Los paisajes del secano costero —sus cerros secos, arboledas, flora nativa y cielos amplios— son parte esencial de la vida estrellina. La Iglesia parroquial del siglo XIX, uno de los templos más antiguos del territorio, destaca como hito patrimonial y espiritual. La artesanía local, los quesos de campo, la miel, el vino artesanal y los productos de huerta mantienen vivas prácticas heredadas que hablan de una comunidad que valora la simpleza y el trabajo hecho a mano.
Hoy, La Estrella avanza con pasos tranquilos, pero firmes. Conserva intacta la esencia de su historia prehispánica y colonial, al tiempo que abre espacio a un turismo rural que busca justamente lo que ella ofrece: silencio, autenticidad y cultura campesina. En este rincón del secano, la tradición no es un recuerdo: es la forma en que cada día se escribe su presente.

